126618 La soberbia, el maquillaje del miedo


 
 Seguro que a cada rato tropezamos con gente así...   
 
 
La soberbia
 
 
Más fácil es escribir contra la soberbia que vencerla.
Francisco de Quevedo
 
Escribir sobre la soberbia no es, en realidad, nada fácil. Así que podemos entender la frase Quevedo y asumir que de todos los pecados capitales, muy probablemente este, junto con la envidia (y a los que personalmente yo les veo relación) son de los más difíciles de vencer, o superar... que no imposible. Para muchos, es el pecado capital de los pecados capitales.
 
En nuestro imaginario, la persona soberbia es una persona altiva, que encuentra satisfacción menospreciando a los demás, una persona que abanderada en y por su orgullo se considera en situación de mirar a los demás "por encima del hombro"... Es aquel o aquella, que en base a unos baremos un tanto particulares se considera "mejor que los demás". Como vemos se trata de un punto de partida complicado y a priori que parece poco puede aportar a quien lo sufre.

Es, en su ceguera, peligroso. Puesto que el soberbio nunca reconocerá tal "virtud". Están tan cerca del espejo que dejan de verse. Tan concentrado en sí mismo que no se reconoce en la imagen que los demás le devuelven de sí mismo y, muy probablemente por eso, los rechaza. Porque la persona soberbia no ignora, no es capaz de ser indiferente, sino que desprecia.
 
En su vertiente más negativa, la soberbia nos recuerda a esas personas que con tamaña autoconfianza, impiden que nadie les pueda aportar, enseñar, mostrar, criticar o contradecir... puesto "que todo lo saben". Son personas vestidas con el traje del puercoespín que les protege, pero también les impide ser acariciados. Es un orgullo tal el que padecen que se alejan de aquello que nos hace humanos: la humildad. No en vano, soberbia y orgullo son sinónimos a pesar de las diferentes acepciones que después han adoptado.
 
Pero esto nos permite enganchar con la parte positiva del pecado: el orgullo. De lo que se trata (como pasaba en la pereza) es de encontrar el equilibrio justo y no "pecar" ni por exceso ni por defecto de orgullo. Ya hemos visto que el exceso de orgullo es la soberbia, pero también es peligroso el defecto. Puesto que el orgullo de uno mismo, de lo que soy, de lo que hago, es entendido como el requisito mínimo de la asertividad. Si no hay orgullo no puedo decir "no", me tengo que plegar a los deseos del otro. Y decir no es un derecho que todos poseemos.
 
Detrás de la soberbia hay miedo. Miedo de no ser bueno. Miedo de no ser suficiente. Miedo de no ser capaz. Y muchas veces la mejor manera de maquillar el miedo es aparentando ser todo lo contrario, y por eso que el soberbio ataque continuamente, puesto que para algunos la mejor defensa es un ataque. Y sobre todo atacará a aquellos que le reflejen las carencias que trata por todos los medios de esconder (tanto a los demás como a sí mismo porque es un proceso completamente inconsciente, eso es lo que lo hace tan difícil), tanto a los que percibe como exitosos a los que tratará de rebajar para dejar de sentirse tan inferior, como a los que percibe como incapaces que le recuerdan eso mismo que percibe en sí mismo.
 
Cuando reconozcamos un soberbio entre nosotros, puede ser reconfortante recordar que se trata de un maquillaje, que es sólo una persona con miedo tratando de sobrevivir y ser querida (aunque la mayoría de las veces consigue justo el efecto contrario lo que hace que se ponga más a la defensiva y se eternice el problema). Del mismo modo que cuando reconozcamos la soberbia en nosotros (eso ya será un gran paso para superarla...) un trabajo de honestidad, de preguntarnos y tratar de reconocer a qué tengo miedo, nos hará más libres. Puesto que la soberbia es un traje demasiado pesado para quien lo padece.
 
 

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