96267 Fiesta de cumpleaños!!!!!


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LOS CUMPLEAÑOS DE 50... 60...70 ... 80....

¡¡¡QUÉ NOCHE, AMIGO,QUÉ NOCHE!!! 

Los primeros cumpleaños, allá en mi lejana infancia, eran
en la casa del homenajeado. Sólo se hacía chocolate
con medialunas o vainillas y la torta casera era de
bizcochuelo y dulce de leche. 

En realidad no me acuerdo de
ninguno en particular.

Por tercero o cuarto año de la
secundaria te empezaban a llover invitaciones en cartulinas
blancas con letras doradas: ¡Llegábamos a
los cumpleaños de 15!

Ocho o diez años después,
comenzaron los casamientos.

Luego llegaron los cumple de los
hijos, de los amiguitos de los hijos, de los hijos de
los amigos.

Esos cumpleaños ruidosos, con
pibes llenando el departamento, arruinando sillones,
alfombras y cortinas, ya que no se estilaba alquilar un
saloncito para esos sociales.

Todo se volvió más tranquilo en
materia de cumpleaños con los cumple de los nietos en
saloncitos. De cinco a siete y media de la tarde y chau...

Hasta que alguien inventó el cumpleaños del número
redondo, festejar 50, 60, 70.

¡Y estuvo genial!

Yo no sé quien fue, pero que
alguien fue, no tengo dudas. ¡Sí, señor!!

Por suerte, está de moda encontrarte con gente
vieja, gorda, pelada, hecha pelota, sorda, desdentada y
canosa que alguna vez bailó, fue de levante y de joda
con nosotros. Es casi, casi la Fiesta de la Nostalgia.

Y de pronto nos invitaron a una, justamente cuando hacía
mucho tiempo que no teníamos una salida formal, y
había que ir bien empilchados.

- No tengo idea de qué ropa ponerme - le dije a mi
mujer.

- ¿Vos no tenés idea? -me
contestó - ¿Y yo?, ¿que la última vez que
me "sacaste" fue cuando vinieron

Los del Cuarteto Imperial al
Club Comunicaciones?


Como faltaban varios días para la fiesta, nos empezamos a
probar trajes, camisas, vestidos, blusas, pantalones,
zapatos, cintos y corbatas. Todo nos quedaba estrecho y
no permitía que se prendieran los botones. Lo que no
nos ajustaba la panza, nos estrangulaba el cuello. Los
zapatos nos comprimían los dedos. Los tacos altos eran
un suplicio.

Nos sentíamos como matambres dentro de la ropa que nos
oprimía. Conjugábamos por primera vez el verbo
'matambrear': casi todo nos matambreaba
alguna parte del cuerpo.


Fui hasta el ropero y le dije a mi mujer:

- Vos vestite en el baño. Cuando
yo esté listo te aviso y nos encontramos en el
pasillo, para ver que tal quedamos.

Empecé por una camisa de
seda, con un cuellito que estuvo de moda hace algún
tiempo. ¿Cuánto hacia que no la usaba? Sólo me prendió
un botón. El de más abajo, el que ponen al final, justo
el que queda adentro del pantalón y nadie se entera si
prendió o no. Como no había forma de abotonar los del
medio pensé en algo que tapara esa desprolijidad.

Para disimular me puse un pulóver de lana, de esos
elastizados, que al estirarse se bancan cualquier
talle.

Me quedaba tan ajustado que me
marcaba el ombligo con una redondez absoluta.

La voz nerviosa de mi esposa asomó por la puerta apenas
abierta del baño
- ¿Y si les decimos que se nos enfermó la nietita y los
padres tenían que salir? - dijo mi mujer con un bramido,
como haciendo fuerza para cerrar un cajón, un baúl...
o un pantalón.

- ¡Noooo, le dijimos a José que
íbamos a ir! - le dije.

Para taparme el monumento al ombligo, probé con un sacón
de lana que venía con un cinturón ancho también de lana,
de aquellos que se tejían a mano. No me convenció
demasiado, pero no tenía por ahora una salida más
decorosa.

Luego intenté con el pantalón del traje. Sabía que
sería el que demandaría el esfuerzo mayor. Subir, subió.
Pero los ganchitos que lo tenían que cerrar ni
siquiera se conocieron. Usé el cinto. Le hice un agujero
extra, bien en la puntita. Ajusté todo lo que pude, y
cerró!!! Intenté respirar hondo... y no pude, solo
respiraciones cortitas, como jadeos.


Luego comencé con los zapatos: agacharme para calzarlos
fue titánico, no llegaba al piso ni de
casualidad.

Comencé a putear
bajito. Transpirando y cinchando, me calcé los zapatos
de cuero acordonados que me puse por última vez cuando
fuimos al estreno de El Graduado. Atar los cordones lo
dejé para más adelante.

El asunto fue tomar nuevamente la
vertical. Apoyé mis dos manos en la parte de atrás de
la cintura y palanqueé para enderezarme. No fue
fácil, pero lo logré. Solo tuve que acomodar
nuevamente toda la ropa que me había puesto.

Desde el baño escuché a mi mujer
que seguía haciendo fuerzas, se apoyaba en las
puertas, se agarraba del bidet y se quejaba como nunca la
había escuchado.

Me puse una corbata para disimular que el botón de arriba
no prendía y con los zapatos sin atar salí caminando
como pude. El saco del traje lo doblé prolijamente y
lo llevé colgado del brazo.

Nos encontramos en la mitad del
pasillo. Nos miramos. Mi mujer sollozó suavemente y solo
atinó a apagar la luz del pasillo donde
estábamos. No nos podíamos mover, caminar ni
respirar.

Como todavía quedaban unos días
la convencí para llevar a la modista la ropa que nos
probamos. Habría que agregarle, cortarle, ponerle o
sacarle (más ponerle que sacarle). La modista
arregló vestidos y blusas, ensanchó trajes y pantalones.
Fuimos al shopping a proveernos de lo faltante.

Cuando llegó el día del cumpleaños éramos otra cosa,
nos movíamos con cierta gracia, incluso ensayamos a hacer
como que saludábamos al llegar. Después probamos una vez
(una sola vez) a agacharnos e hicimos como
que bailábamos para saber de antemano si algo de
aquello se rompería, se despegaría, se desarmaría o
se descosería en algún momento.

Quedamos bastante conformes, pero nuestros hijos nos
cerraron con llave por fuera y nos prohibieron salir
vestidos así. Nos amenazaron con no dejarnos ver nunca
más a nuestras nietas.

¡Pero nuestra rebeldía
efervescente y sesentona no se rinde! ¡Saltamos por la
ventana y contentos y rejuvenecidos nos fuimos
al encuentro de los compañeros de una generación
pujante y vital!


Abrimos la puerta doble. José nos esperaba como si fuera
una quinceañera. Le dimos el regalo a la vez que en un
segundo observamos a todos los invitados y pudimos ver que
casi todos estaban matambreados.

El buffet froid estuvo estupendo, los mozos bandejeaban
bocaditos, empanadas de copetín, brochetes de diversos
gustos. Luego invitaron a los comensales para que se
sirvan de unas mesas perimetrales adornadas con
manteles hasta el piso.

Jamones crudos, pavita,
langostinos, quesos sabrosos, salmones y arenques. Palmitos,
aceitunas gigantes, mayonesas, tomatitos cherry con
condimentos ...

Luego, cuando sirvieron desde unos
fuentones con mechero los platos calientes que se
comían de parado, comenzaron los problemas.


Raviolitos y ñoquis al verdeo.


Mollejitas fritadas con salsa
cuatro quesos.

Choricitos
de blanco de ave a la pomarola.

Camarones
con salsa provenzal.

Todo bien servido a los 200
comensales que, apretaditos y de pie durante la recepción,
sosteníamos un plato caliente con una mano, el tenedor con
la otra, el vaso de whisky con otra, saludábamos a un
amigo con otra y un leve pero persistente temblequeo de
párkinson en todas las manos a la vez.

El desparramo de salsas fue inevitable. Al toque me
mancharon el traje 3 veces, una con salsa roja, la otra
con aroma a ajillo y otra con una crema espesa.

Y por fin, pasamos al salón principal. Nos sentaron
en una mesa grande con otras personas.

- ¿Quién es el señor canoso que
está al lado mío? - le pregunté en voz baja a mi
mujer.

- Es Carlitos, fueron compañeros
de la secundaria .

- ¿Carlitos?... Hace diez minutos
que estoy conversando con él y no me daba cuenta de
dónde lo conocía. Está hecho pelota. No se mantiene como
me mantengo yo.

Giré, le pasé el brazo por la
espalda y tratando de disimular le dije:
- ¡Carlitos viejo y peludo!...¡Estás igualito
Carlitos!!

- Y vos estás hecho bolsa - me
dijo y empezó a toser de tal manera que la mujer se
tuvo que parar a atenderlo. (Yo aproveché para
putearlo)

- Levantá los brazos, viejo.
Tomate una cucharada de este jarabe por favor, tenés que
cuidarte, a vos te faltan dos años para tu cumpleaños de
70 y te quiero organizar una fiestita.

Enfrente a nosotros, en la misma
mesa, estaba Beto con su esposa que se había puesto
toda la pintura que encontró en la casa. Beto se me
acercó y en secreto me dijo:

- ¿Te acordás de Mónica? ¿Te
acordás que estaba que mataba? ¿Te acordás que todos
estábamos enamorados de ella en la facultad?

Algún gesto debo haber hecho
porque mi mujer se avivó de que hablábamos
de minas y me pisó sin querer con los tacos
aguja.

- ¡¡Mirá para la pista!
¡¡Salió a bailar con el marido, mirala!!! - me
dijo Beto, babeándose.
Giré la cabeza y solo conseguí ver a una señora mayor,
entrada en años y mucho más en nalgas, que se
movía con mucha gracia y poco esposo.
- No la veo - le dije - debe de estar bailando atrás de la
vieja gorda culona...

La conversación en la mesa se fue poniendo
linda… Todas las frases comenzaban con:

¿Te
acordás de...?


¿Vos estabas el día que...?',


'El que no está bien es...',


'¿Sabés quien tuvo otro nieto...?',

'Viste
quién se murió…?

Cuando alguien trataba de recordar
quién fue el que hizo tal o cual cosa en los años 60,
aparecían los

'¿eeeehhhh?',


'¿Cómo era?...'


'El petiso...' '¿Cómo se llamaba el
petiso?...

Y las conversaciones fueron más o
menos así…

- ¿Y ustedes ya tienen nietos?
– preguntó un invitado al que se le movía la
dentadura postiza.

- Si, una - le decía la
mujer.

- ¿Dos nietas ya?

- No, una sola.

- ¿Dos varones? ¡Mirá
vos!

- ¡¡UNA, UNA NIETAAAA!


- ¿Neneta? Qué lindo nombre.
Disculpá que no te escucho bien. Están poniendo la
música muy alta.

A ese jovencito que está con el
combinado deberían calmarlo un poco.

- Acá tengo una foto de mis nietitas - le dijo mi mujer a
otro invitado.

- Ni te molestes - contestó - sin
los lentes no veo un pomo.

La fiesta estaba bien buena, el
disc jockey pasaba desde "Zapatos
Rotos", "Yo en mi casa y ella en el
bar", "La Lambada" hasta "La
Felicidad". De la pista me hacía señas un pelado
que oficiaba de locomotora para que saliéramos a
bailar con el trencito.

- ¡¡Vamos cheeee!! ¡Manga de
aburridos!! ¡Cómo en los sesenta, negro! ¡Vengan,
cheee!

Dos veces me tenté y dos veces me
senté. Dos veces me paré y dos veces mi mujer me pegó un
pellizcón en zonas de compromiso, me aplicó el plan
taco aguja y me gritó en secreto al oído:

- ¡¡Esperá a los lentos, si
bailamos esto se nos descose todo!! ¿Por qué no vas a
fumar un cigarro afuera con Carlitos y Oscar? Ahí viene el
mozo ¿Te pido algo?

- Sí, pedime un trago largo con
Hepatalgina, Chofitol y un toque de Sertal batido con
bastante hielo. Estoy repitiendo todo lo que comí. Ya
vengo.

- Mi amor - me dijo mi mujer cuando me paré- llevá el
celular por las dudas y llevá también este papel con el
número de mesa anotadito que después te la pasas
buscando por todo el salón.

Afuera aprovechamos para recordar
a todas las minas que estaban buenas y nunca nos dieron
pelota, todos los nabos a quien les quedamos debiendo
una trompada y todos los campeonatos que nunca
ganamos.

En la vereda de enfrente
alcanzamos a ver que Beto hablaba con una señora, le
mostraba la cédula y
le preguntaba dónde quedaba el salón en el que estaba
un rato antes festejando un cumpleaños de 70.

El baño estaba de lo más
concurrido, flojos de vejiga y prostáticos agrandados
nos encontrábamos a cada rato en los mingitorios. Eso
sí que estaba divertido!!

Desde adentro, el tipo del
parlante avisaba que había aparecido una señora llamada
Raquelita y no encontraba la mesa y que estaba junto al tipo
que pasaba la música. Que fueran a retirarla
allí.

Fue una fiesta inolvidable, a las
11 nos tomaron la presión a todos y un enfermero
atendía sin costo a los que se sofocaban bailando. El
cardiólogo hacia bajar la presión de los más graves con
pastillas sublinguales. Por suerte el aparato para
electrocardiogramas no se uso. Para tranquilidad de
todos avisaron que una ambulancia hacia guardia
pasiva en la puerta del salón.

Junto con los suvenir, en un
detalle realmente novedoso, (José es un detallista) a los
que queríamos seguir tomando cerveza nos iba
entregando pañales descartables.

¡Formidable invento esto de los
cumpleaños de 70!

¡Y que se pongan de moda justo
ahora, que todavía estamos hechos unos potros!

(... Y si vas a reenviar este mail, dejale la letra bien
grande, pues la mayoría de tus amigos no ven un cura
en la nieve)


 


 

 











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سيلبيا اجبار اِسكيرا
Silvia Aybar Ezquerra

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SU JUSTO MOMENTO" "Se dan buenos consejos cuando la edad impide dar malos ejemplos." (Excelsior)

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