92526 SIN LLAVES Y A OSCURAS (NESTOR KIRCHNER)

Sin llaves y a oscuras

Kirchner tuvo el arrojo de lanzarse a la reconstrucción de una nación que, después de ser una de las mayores potencias mundiales, se había despeñado en la ruina y el descrédito

Alfred Rexach

Alto, feo y desgarbado, visceral y autoritario, Néstor Kirchner, el Pingüino, era también un hombre irascible (con cualquiera que le llevara la contraria), implacable (con quien se opusiera a sus planes), indignante por las medidas de gobierno que tomaba pasándose por el forro los mecanismos institucionales, y dispuesto siempre a granjearse enemistades. Todos los adjetivos convienen, pero ninguno basta para describir al ex presidente argentino (2003–2007) fallecido este miércoles, repentina pero quizá no sorpresivamente, de un infarto que lo fulminó.

En el último año sus arterias y su corazón le habían dado ya dos graves avisos: el 7 de febrero, cuando hubo de ser operado en la carótida y, el 11 de septiembre, cuando le practicaron una angioplastia para insertarle un stent que abriera paso hasta el corazón a su sangre. Tres días después de este último episodio, Kirchner ya correteaba por el Luna Park, en el centro de Buenos Aires, participando en un acto organizado por loa Juventudes Peronistas y dando broncas a diestro y siniestro, en su mejor estilo de jefe autoritario.

En abril de 2004 padeció una hemorragia interna causada por una gastroenteritis aguda. Si no hacía caso a sus colaboradores ni siquiera a su esposa, ahora presidenta y también irascible, ¿por qué tenía que frenarse ante las señales de alarma que su propio cuerpo le enviaba? Bien puede decirse que Kirchner ha muerto en acto de combate, en medio de la ímproba batalla que libraba desde que dejó la presidencia con la pretensión de reunificar el dividido Partido Justicialista que fundó Perón y que Kirchner quería controlar desde su propia plataforma, el Frente para la Victoria, nutrido por pingüinos cada vez más obedientes y numerosos.

Argentina, tan amante de los mitos, que van desde la intocable Evita Perón a san Che Guevara pasando por el Gauchito Gil, Carlos Gardel y Diego Armando Maradona (Messi aún no subió a los altares) cuenta ya con un nuevo héroe al que añorar cuando las cosas vayan mal... otra vez.

Y al mismo tiempo que comience el proceso de beatificación social, estallará la guerra, de guerrillas, o de lo que sea, para heredar su poder y ocupar su lugar. Kirchner falleció el mismo día en que empezaba un nuevo censo y se anunciaba desde Buenos Aires que ayer la capital amanecería empapelada de pasquines con la última broma macabra que anuncia que los argentinos ya son uno menos. La carcajada piquetera como un instrumento más de la implacable batalla política.

Kirchner llegó a la Casa Rosada auspiciado por Eduardo Duhalde, quien le impuso la protocolaria banda presidencial (era el 25 de mayo de 2003) después de un año y medio de catástrofe colectiva en que un presidente (De la Rúa) se largó de la Casa Rosada en helicóptero, el país suspendió pagos, los bancos bloquearon las cuentas de sus clientes con el desesperante corralito, se devaluó el peso y hasta cinco presidentes se alternaron en el cargo, entre diciembre de 2001 y mayo de 2003. Ninguno se había visto capaz de tomar el timón de aquella gigantesca nave a la deriva y sólo el gobernador, prácticamente desconocido, de la provincia de Santa Cruz aceptó un reto que todos adivinaban suicida, pero en el que el pingüino vio llegar su hora y su oportunidad. Una vez instalado en la Casa Rosada, tras ser el candidato menos votado de la historia (22% de los votos emitidos) Kirchner y Duhalde ambos peronistas se esforzaron por enemistarse con la mayor rapidez y virulencia posibles.

Argentina está fundida, pero Kirchner tuvo el arrojo de lanzarse a la reconstrucción de una nación que, después de ser una de las mayores potencias mundiales, se había despeñado en la ruina y el descrédito. Llegado a la Casa Rosada sin llaves y a oscuras, como dijo el actor norteamericano Viggo Mortensen, nacionalizado argentino. Kirchner se olvidó del Congreso y del Senado (en tres años, de 2003 a 2006, impuso 201 decretos de necesidad y urgencia). Cuando se cansó, llevó a la presidencia a su esposa, Cristina Fernández de Kirchner. Ahora, mientras soñaba con retornar, Argentina le reventó el corazón.


 
 
 
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