Muy bueno, me encanta todo lo que ella escribe...Gracias por compartir
On 24 feb, 06:54, Ñaño H <hamed...@gmail.com> wrote:
> Muy interesante ......................................................
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>
> EL SEXO POR ISABEL ALLENDE
>
> Mi vida sexual comenzó temprano, más o menos a los cinco años, en el
> kindergarten de las monjas ursulinas, en Santiago de Chile.
>
> Supongo que hasta entonces había permanecido en el limbo de la inocencia,
> pero no tengo recuerdos de aquella prístina edad anterior al sexo.
>
> Mi primera experiencia consistió en tragarme casualmente una pequeña muñeca
> de plástico.
>
> -Te crecerá adentro, te pondrás redonda y después te nacerá un bebé - me
> explicó mi mejor amiga, que acababa de tener un hermanito.
> ¡Un hijo! Era lo último que deseaba.
>
> Siguieron días terribles, me dio fiebre, perdí el apetito, vomitaba.
> Mi amiga confirmó que los síntomas, eran iguales a los de su mamá. Por
> fin una monja me obligó a confesar la verdad.
> -Estoy embarazada -admití hipando.
>
> Me vi cogida de un brazo y llevada por el aire hasta la oficina de la Madre
> Superiora.
>
> Así comenzó mi horror por las muñecas y mi curiosidad por ese asunto
> misterioso cuyo solo nombre era impronunciable: sexo.
>
> Las niñas de mi generación carecíamos de instinto sexual, eso lo inventaron
> Master y Johnson mucho después. Sólo los varones padecían de ese mal que
> podía conducirlos al infierno y que hacía de ellos unos faunos en potencia
> durante todas sus vidas.
>
> Cuando una hacía alguna pregunta escabrosa, había dos tipos de respuesta,
> según la madre que nos tocara en suerte.
>
> La explicación tradicional era la cigüeña que venía de París y la moderna
> era sobre flores y abejas. Mi madre era moderna, pero la relación entre el
> polen y la muñeca en mi barriga me resultaba poco clara.
>
> A los siete años me prepararon para la Primera Comunión.
>
> Antes de recibir la hostia había que confesarse. Me llevaron a la iglesia,
> me arrodillé detrás de una cortina de felpa negra y traté de recordar mi
> lista de pecados, pero se me olvidaron todos.
>
> En medio de la oscuridad y el olor a incienso escuché una voz con acento de
> Galicia.
> -¿Te has tocado el cuerpo con las manos? -Sí, padre.
> -¿A menudo, hija? -Todos los días...
>
> -¡Todos los días! ¡Esa es una ofensa gravísima a los ojos de Dios, la pureza
> es la mayor virtud de una niña, debes prometer que no lo harás más!
>
> Prometí, claro, aunque no imaginaba cómo podría lavarme la cara o cepillarme
> los dientes sin tocarme el cuerpo con las manos. (Este traumático episodio
> me sirvió para 'Eva Luna', treinta y tantos años más tarde. Una nunca sabe
> para qué se está entrenando.)
>
> Nací al sur del mundo, durante la Segunda Guerra Mundial
> en el seno de una familia emancipada
> e intelectual en algunos aspectos y casi paleolítica en otros.
>
> Me crié en el hogar de mis abuelos, una casa estrafalaria donde deambulaban
> los fantasmas invocados por mi abuela con su mesa de tres patas.
>
> Vivían allí dos tíos solteros, un poco excéntricos, como casi todos los
> miembros de mi familia. Uno de ellos había viajado a la India y le quedó el
> gusto por los asuntos de los fakires, andaba apenas cubierto por un
> taparrabos recitando los 999 nombres de Dios en sánscrito.
>
> El otro era un personaje adorable, peinado
> como Carlos Gardel y amante apasionado
> de la lectura. (Ambos sirvieron de modelos-algo
> exagerados, lo admito- para Jaime y Nicolás en 'La casa de los espíritus'.)
>
> La casa estaba llena de libros, se amontonaban por todas partes, crecían
> como una flora indomable, se reproducían ante nuestros ojos.
>
> Nadie censuraba o guiaba mis lecturas y así leí al Marqués
> de Sade, pero creo que era un texto muy avanzado para mi edad; el autor
> daba por sabidas cosas que yo ignoraba
> por completo, me faltaban referencias elementales.
>
> El único hombre que había visto desnudo era mi tío, el fakir, sentado en el
> patio contemplando la luna y me sentí algo defraudada por ese pequeño
> apéndice que cabía holgadamente en mi estuche de lápices de colores. ¿Tanto
> alboroto por eso?
>
> A los once años yo vivía en Bolivia. Mi madre se había casado con un
> diplomático, hombre de ideas avanzadas, que me puso en un colegio mixto.
> Tardé meses en acostumbrarme a convivir con varones, andaba siempre con las
> orejas rojas y me enamoraba todos los días de uno diferente.
>
> Los muchachos eran unos salvajes cuyas
> actividades se limitaban al fútbol y
> las peleas del recreo, pero mis compañeras
> estaban en la edad de medirse el contorno del busto y anotar en una
> libreta los besos que recibían. Había
> que especificar detalles: quién, dónde, cómo.
> Había algunas afortunadas que podían escribir:'
> Felipe, en el baño, con lengua.'
>
> Yo fingía que esas cosas no me interesaban, me vestía de
> hombre y me trepaba a los árboles para disimular que era casi enana y
> menos sexy que un pollo.
>
> En la clase de biología nos enseñaban algo de anatomía y el proceso de
> fabricación de los bebés, pero era muy difícil imaginarlo. Lo más atrevido
> que llegamos a ver en una ilustración fue una madre amamantando a un recién
> nacido.
>
> De lo demás no sabíamos nada y nunca nos mencionaron el placer, así es que
> el meollo del asunto se nos escapaba ¿por qué los adultos hacían esa
> cochinada?
>
> La erección era un secreto bien guardado por los muchachos, tal como la
> menstruación lo era por las niñas. La literatura me parecía evasiva y yo no
> iba al cine, pero dudo que allí se pudiera ver algo erótico en esa época.
>
> Las relaciones con los muchachos consistían en empujones, manotazos y
> recados de las amigas: dice el Keenan que quiere darte un beso, dile que sí
> pero con los ojos cerrados, dice que ahora ya no tiene ganas, dile que es un
> estúpido, dice que más estúpida eres tú y así nos pasábamos todo el año
> escolar.
>
> La máxima intimidad consistía en masticar por turnos el mismo chicle.
>
> Una vez pude luchar cuerpo a cuerpo con el famoso Keenan, un pelirrojo a
> quien todas las niñas amábamos en secreto.
> Me sacó sangre de narices, pero esa mole pecosa y jadeante aplastándome
> contra las piedras del patio, es uno de los recuerdos más excitantes de mi
> vida.
>
> En otra ocasión me invitó a bailar en una fiesta. A La Paz no había llegado
> el impacto del rock que empezaba a sacudir al mundo, todavía nos arrullaban
> Nat King Cole y Bing Crosby (¡Oh, Dios! ¿Era eso la prehistoria? ).
>
> Se bailaba abrazados, a veces chic-to-chic, pero yo era tan diminuta que mi
> mejilla apenas alcanzaba la hebilla del cinturón de cualquier joven normal.
>
> Keenan me apretó un poco y sentí algo duro a la altura del bolsillo de su
> pantalón y de mis costillas. Le di unos golpecitos con las puntas de los
> dedos y le pedí que se quitara las llaves, porque me hacían daño.
>
> Salió corriendo y no regresó a la fiesta. Ahora, que conozco
> más de la naturaleza humana, la única explicación que se me ocurre para su
> comportamiento es que tal vez no eran las llaves.
>
> En 1956 mi familia se había trasladado al Líbano y yo había vuelto a un
> colegio de señoritas, esta vez a una escuela inglesa cuáquera, donde el sexo
> simplemente no existía, había sido suprimido del universo por la flema
> británica y el celo de los predicadores. Beirut era la perla del Medio
> Oriente.
>
> En esa ciudad se depositaban las fortunas de los jeques, había sucursales de
> las tiendas de los más famosos modistos y joyeros de Europa, los Cadillac
> con ribetes de oro puro circulaban en las calles junto a camellos y mulas.
>
> Muchas mujeres ya no usaban velo y algunas estudiantes se ponían pantalones,
> pero todavía existía esa firme línea fronteriza que durante milenios separó
> a los sexos.
>
> La sensualidad impregnaba el aire, flotaba como el olor a manteca de
> cordero, el calor del mediodía y el canto del muecín convocando a la oración
> desde el alminar. El deseo, la lujuria, lo prohibido...
>
> Las niñas no salían
> solas y los niños también debían cuidarse.
>
> Mi padrastro les entregó largos alfileres de sombrero a mis hermanos,
> para que se defendieran de los pellizcos en la calle.
>
> En el recreo del colegio pasaban de mano en mano foto-novelas editadas en la
> India con traducción al francés, una versión muy manoseada de 'El amante de
> Lady Chatterley' y pocket-books sobre las orgías de Calígula.
>
> Mi padrastro tenía 'Las 'Mil y Una Noches' bajo llave en su armario, pero yo
> descubrí la manera de abrir el mueble y leer a escondidas trozos de esos
> magníficos libros de cuero rojo con letras de oro.
>
> Me zambullí en el mundo sin retorno de la fantasía, guiada por huríes de
> piel de leche, genios que habitaban en las botellas y príncipes dotados de
> un inagotable entusiasmo para hacer el amor.
>
> Todo lo que había a mi alrededor invitaba a la sensualidad y mis hormonas
> estaban a punto de explotar como granadas, pero en Beirut vivía
> prácticamente encerrada.
>
> Las niñas decentes no hablaban siquiera con muchachos, a pesar de lo cual
> tuve un amigo, hijo de un mercader de alfombras, que me visitaba para tomar
> Coca-Cola en la terraza.
>
> Era tan rico, que tenía motoneta con chófer. Entre la
> vigilancia de mi madre y la de su chófer, nunca tuvimos ocasión de estar
> solos.
>
> Yo era plana. Ahora no tiene importancia, pero en los cincuenta eso era una
> tragedia, los senos eran considerados la esencia de la feminidad. La moda se
> encargaba de resaltarlos: sweater ceñido, cinturón ancho de elástico, faldas
> infladas con vuelos almidonados.
>
> Una mujer pechugona tenía el futuro asegurado. Los modelos eran Jane
> Mansfield, Gina Lollobrigida, Sofía Loren. Qué podía hacer una chica sin
> pechos? Ponerse rellenos.
>
> En 1958 el Líbano estaba amenazado por la guerra civil.
>
> Después de la crisis del Canal de Suez se agudizaron las
> rivalidades entre los sectores musulmanes,
> inspirados en la política pan arábiga de Gamal Abder Nasser, y el gobierno
> cristiano.
>
> El Presidente Camile Chamoun pidió ayuda a Eisenhower y en julio desembarcó
> la VI Flota norteamericana.
>
> De los portaaviones desembarcaron cientos de marines bien nutridos y ávidos
> de sexo. Los padres redoblaron la vigilancia de sus hijas, pero era
> imposible evitar que los jóvenes se encontraran.
>
> Me escapé del colegio para ir a bailar con los yanquis. Experimenté la
> borrachera del pecado y del rockn'roll. Por primera vez mi escaso tamaño
> resultaba ventajoso, porque con una sola mano los fornidos marines podían
> lanzarme por el aire, darme dos vueltas sobre sus cabezas rapadas y
> arrastrarme por el suelo al ritmo de la guitarra frenética de Elvis Presley.
>
> Entre dos volteretas recibí el primer beso de mi carrera y su sabor a
> cerveza y a Ketchup me duró dos años.
>
> Los disturbios en el Líbano obligaron a mi padrastro a enviar a los niños de
> regreso a Chile. Otra vez viví en la casa de mi abuelo.
>
> A los quince años, cuando planeaba meterme a monja para disimular
> que me quedaría solterona, un joven me distinguió por allí abajo, sobre el
> dibujo de la alfombra, y me sonrió.
> Creo que le divertía mi aspecto. Me colgué de su cintura y no lo solté hasta
> cinco años después, cuando por fin aceptó casarse conmigo.
>
> La píldora anticonceptiva ya se había inventado, pero en Chile todavía se
> hablaba de ella en susurros.
>
> Se suponía que el sexo era para los hombres y el romance para las mujeres,
> ellos debían seducirnos para que les diéramos la prueba de amor' y nosotras
> debíamos resistir para llegar 'puras' al matrimonio, aunque dudo que muchas
> lo lograran.
>
> No sé exactamente cómo tuve dos hijos. Y entonces sucedió lo que todos
> esperábamos desde hacía varios años. La ola de liberación de los sesenta
> recorrió América del Sur y llegó hasta ese rincón al final del continente
> donde yo vivía.
>
> Arte pop, mini-falda, droga, sexo, bikini y los Beatles. Todas imitábamos a
> Brigitte Bardot, despeinada, con los labios hinchados y una blusita
> miserable a punto de reventar bajo la presión de su feminidad.
>
> De pronto un revés inesperado: se acabaron las exuberantes divas francesas o
> italianas, la moda impuso a la modelo inglesa Twiggy, una especie de
> hermafrodita famélico. Para entonces a mí me habían salido pechugas, así es
> que de nuevo me encontré al lado opuesto del estereotipo.
>
> Se hablaba de orgías, intercambio de parejas, pornografía. Sólo se hablaba,
> yo nunca las vi. Los homosexuales salieron de la oscuridad, sin embargo yo
> cumplí 28 años sin imaginar cómo lo hacen.
>
> Surgieron los movimientos feministas y tres o cuatro mujeres nos sacamos el
> sostén, lo ensartamos en un palo de escoba y salimos a desfilar, pero como
> nadie nos siguió, regresamos abochornadas a nuestras casas.
>
> Florecieron los hippies y durante varios años anduve vestida con harapos y
> abalorios de la India. Intenté fumar mariguana pero después de aspirar seis
> cigarros sin volar ni un poco, comprendí que era un esfuerzo inútil.
>
> Paz y amor. Sobre todo amor libre, aunque para mí llegaba tarde, porque
> estaba irremisiblemente casada.
>
> Mi primer reportaje en la revista donde trabajaba fue un
> escándalo. Durante una cena en casa de un renombrado político, alguien me
> felicitó por un artículo de humor que
> había publicado y preguntó si no pensaba
> escribir algo en serio. Respondí lo primero que me vino a la mente: sí,
> me gustaría entrevistar a una mujer infiel.
>
> Hubo un silencio gélido en la mesa y luego la conversación derivó hacia la
> comida. Pero a la hora del café la dueña de casa mtreinta y ocho años,
> delgada, ejecutiva en una oficina gub%rnamental, traje Chanel- me llevó
> aparte y me dijo que sí le juraba guardar el secreto de su identidad, ella
> aceptaba ser entrevistada.
>
> Al día siguiente me presenté en su oficina con una
> grabadora.
>
> Me contó que era infiel porque disponía de tiempo libre después de
> almuerzo, porque el sexo era bueno para el ánimo, la salud y la propia
> estima y porque los hombres no estaban tan mal, después de todo.
>
> Es decir, por las mismas razones de tantos maridos infieles, posiblemente el
> suyo entre ellos. No estaba enamorada, no sufría ninguna culpa, mantenía una
> discreta garçonière que compartía con dos amigas tan liberadas cómo ella.
>
> Mi conclusión, después de un simple cálculo matemático, fue
> que las mujeres son tan infieles como
> los hombres, porque sino ¿con quién
> lo hacen ellos? No puede ser solo entre ellos o todos siempre con el
> mismo puñado de voluntarias.
>
> Nadie perdonó el reportaje, como tal vez lo hubieran hecho si la
> entrevistada tuviera un marido en silla de ruedas y un amante desesperado.
>
> El placer sin culpa ni excusas resultaba inaceptable en una mujer.
>
> A la revista llegaron cientos de cartas insultándonos.
>
> Aterrada, la directora me ordenó escribir un artículo sobre 'la mujer
> fiel'. Todavía estoy buscando una que lo sea por buenas razones.
>
> Eran tiempos de desconcierto y confusión para las mujeres de mi edad.
> Leíamos el Informe Kinsey, el Kamasutra y los libros de las feministas
> norteamericanas, pero no lográbamos sacudirnos la moralina en que nos habían
> criado
>
> Los hombres todavía exigían lo que no estaba dispuestos a ofrecer, es decir,
> que sus novias fueran vírgenes y sus esposas castas. Las parejas entraron en
> crisis, casi todas mis amistades se separaron.
>
> En Chile no hay divorcio, lo cual facilita las cosas,
> porque la gente se separa y se junta sin trámites burocráticos.
>
> Yo tenía un buen matrimonio y drenaba la mayor parte de mis inquietudes en
> mi trabajo.
>
> Mientras en la casa actuaba como madre y esposa abnegada, en la revista y en
> mi programa de televisión aprovechaba cualquier excusa para hacer en público
> lo que no me atrevía a hacer en privado, por ejemplo, disfrazarme de
> corista, con plumas de avestruz en el trasero y una esmeralda de vidrio
> pegada en el ombligo.
>
> En 1975 mi familia y yo abandonamos Chile, porque no podíamos seguir
> viviendo bajo la dictadura del General Pinochet.
>
> El apogeo de la liberación sexual nos sorprendió en Venezuela, un país
> cálido, donde la sensualidad se expresa sin subterfugios.
>
> En las playas se ven machos bigotudos con unos bikinis
> diseñados para resaltar lo que contienen.
>
> Las mujeres más hermosas del mundo (ganan todos los concursos de belleza),
> caminan por la calle buscando guerra, al son de una música secreta que
> llevan en las caderas.
>
> En la primera mitad de los 80 no se podía ver ninguna película, excepto las
> de Walt Disney, sin que aparecieran por lo menos dos criaturas copulando.
> Hasta en los documentales científicos había amebas o pingüinos que lo
> hacían.
>
> Fui con mi madre a ver 'El Imperio de los Sentidos' y no se inmutó.
>
> Mi padrastro les prestaba sus famosos libros eróticos a los nietos,
> porque resultaban de una ingenuidad conmovedora
> comparados con cualquier revista que podían comprar en los kioscos.
>
> Había que estudiar mucho para salir airosa de las preguntas de los hijos
> (mamá ¿qué es pedofilia?) y fingir naturalidad cuando las criaturas inflaban
> condones y los colgaban como globos en las fiestas de cumpleaños.
>
> Ordenando el closet de mi hijo adolescente encontré un libro forrado en
> papel marrón y con mi larga experiencia adiviné el contenido antes de
> abrirlo.
>
> No me equivoqué, era uno de esos modernos manuales que se
> cambian en el colegio por estampas de futbolistas.
>
> Al ver a dos amantes frotándose con mousse de salmón me di
> cuenta de todo lo que me había perdido
> en la vida. ¡Tantos años cocinando y
> desconocía los múltiples usos del salmón! ¿En
> que habíamos estado mi marido y yo
> durante todo ese tiempo? Ni siquiera teníamos
> un espejo en el techo del dormitorio.
>
> Decidimos ponernos al día, pero después de algunas contorsiones muy
> peligrosas -como comprobamos más tarde en las radiografías de columna-
> amanecimos echándonos linimento en las articulaciones, en vez de mousse en
> el punto G.
>
> Cuando mi hija Paula terminó el colegio entró a estudiar Psicología con
> especialización en sexualidad humana. Le advertí que era una imprudencia,
> que su vocación no sería bien comprendida, no estábamos en Suecia.
>
> Pero ella insistió. Paula tenia un novio siciliano cuyos planes eran casarse
> por la iglesia y engendrar muchos hijos, una vez que ella aprendiera a
> cocinar pasta.
>
> Físicamente mi hija engañaba a cualquiera, parecía una virgen de Murillo,
> grácil, dulce, de pelo largo y ojos lánguidos, nadie imaginaría que era
> experta en esas cosas.
>
> En medio del Seminario de Sexualidad yo hice un viaje a
> Holanda y ella me llamó por teléfono
> para pedirme que le trajera cierto material
> de estudio. Tuve que ir con una lista en la mano a una tienda en Ámsterdam
> y comprar unos artefactos de goma rosada en forma de plátanos.
>
> Eso no fue lo más bochornoso. Lo peor fue cuando en la aduana de Caracas me
> abrieron la maleta y tuve que explicar que no eran para mí, sino para mi
> hija.
>
> Paula empezó a circular por todas partes con una maleta de juguetes
> pornográficos y el siciliano perdió la paciencia. Su argumento me pareció
> razonable: no estaba dispuesto a soportar que su novia anduviera midiéndole
> los orgasmos a otras personas.
>
> Mientras duraron los cursos, en casa vimos videos con todas las
> combinaciones posibles: mujeres con burros, parapléjicos con sordomudas,
> tres chinas y un anciano, etc.
>
> Venían a tomar el té transexuales, lesbianas, necrofílicos, onanistas,
> y mientras la virgen de Murillo ofrecía
> pastelitos, yo aprendía cómo los cirujanos
> convierten a un hombre en mujer mediante un trozo de tripa.
>
> La verdad es que pasé años preparándome para cuando nacieran
> mis nietos. Compré botas con tacones de estilete, látigos de siete puntas,
> muñecas infladas con orificios practicables
> y bálsamos afrodisíacos, aprendí de memoria
> las posiciones sagradas del erotismo hindú
> y cuando empezaba a entrenar al perro
> para fotos artísticas, apareció el Sida y la liberación sexual se fue al
> diablo.
>
> En menos de un año todo cambió. Mi hijo Nicolás ya se cortó los mechones
> verdes que coronaban su cabeza, se quitó sus catorce alfileres de las orejas
> y decidió que era más sano vivir en pareja monogámica. Paula abandonó la
> sexología, porque parece que ya no era rentable, y en cambio se propuso
> hacer una maestría en educación cognoscitiva y aprender a cocinar pasta con
> la esperanza de encontrar otro novio.
>
> Lo encontró, se casaron y luego vino la muerte y se la llevó, pero esa es
> otra historia.
>
> Yo compré ositos de peluche para los futuros nietos, me comí la mousse de
> salmón y ahora cuido mis flores y mis abejas.
>
> Isabel Allende
--
Has recibido este mensaje porque estás suscrito a Grupo "TODO LLEGA EN
SU JUSTO MOMENTO" "Se dan buenos consejos cuando la edad impide dar malos ejemplos." (Excelsior)
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